No es objeto de este blog contener o tratar sobre ideas y asuntos políticos, sociales o críticos con la sociedad y el momento difícil que atravesamos, ni utilizarlo como medio de difusión para transmitir mis ideas o pensamientos. Intento que sea un reflejo de mí; de mis gustos, aficiones, curiosidades y todo aquello relacionado con lo que me gusta -ya sabéis, marketing, diseño, ilustración, publicidad, nuevas tecnologías, etc-.
Sin embargo, permitidme hoy una pequeña excepción para contar lo ocurrido, no hace muchos días, cuando me encontraba en el coche atravesando, por motivos de trabajo, el centro de la ciudad. Más o menos a la altura de la Puerta del Carmen. Los que sois de Zaragoza, o la conocéis un poco, sabréis que es uno de los puntos más críticos de la ciudad en horas punta, sobre todo a eso de las ocho de la tarde, cuando termina el turno de trabajo. Cruzar esa zona es poco menos que un campo de batalla, y desde que el tranvía nos acompaña, el tráfico se ha resentido embotellándose un poco más.
En medio del atasco, uno no tiene más remedio que armarse de paciencia. Un poco de música o radio, ventanillas arriba para minimizar el ruido exterior, y a esperar que la cosa vaya fluyendo.
Aproximadamente un mes después, me llega un aviso a casa. Sí, es lo que estáis pensando. Una multa. De ese mismo día, a esa misma hora. El motivo, obstrucción del tráfico. ¡No salgo de mi asombro! ¿Obstrucción del tráfico? ¿Qué obstrucción? ¿En medio de un atasco? Según me indica la denuncia, el agente de servicio no pudo notificarme la denuncia, al encontrarse dirigiendo y controlando el tráfico. ¡Vamos, no me jodas! No puede notificarme nada, pero sí le da tiempo de tomar mi matrícula mientras “regula” el tráfico. Tras un ejercicio de memoria, no consigo recordar haber obstruido nada, ni haber quedado en medio de ninguna intersección, ni nada por el estilo. No eximo mi responsabilidad, en caso de que la haya, pero mi certeza es absoluta. No hubo infracción alguna.
Se trata de una nueva maniobra de los incompetentes agentes locales que, en su afán recaudatorio, aprovechan la mínima para alcanzar su cuota de multas mensuales y llevarse la inútil felicitación de sus incompetentes jefes. Y no hablo por hablar. Tampoco hace muchos días que me encuentro, volviendo del trabajo, el radar en la autopista, en un punto sin apenas interés, bien escondidos tras un puente -a la sombra, claro-, esperando que alguno caiga. Mientras tanto, a no muchos kilómetros de allí, uno de los puntos negros de Aragón con la mayor tasa de siniestralidad de toda España, registra un accidente del que me entero a través del boletín de noticias de la radio. Pero claro, es más importante y cómodo recaudar en la autopista, que regular el paso de vehículos en el peor tramo de carretera que ningún organismo ni responsable de turno ha sido capaz de mejorar para evitar los continuos accidentes.
Ya lo escuché en un informativo hace algún tiempo, cuando alguien en una situación similar comentaba “no van a ayudar, sino que van a pillar”.
Como en numerosas ocasiones, en este país prima más la pandereta, el remedio cuando el daño ya está hecho y el abuso de poder por parte de la autoridad. Nada de prevención. A pagarlas tocan. Y contra más, mejor.
Como nota curiosa, y ya para terminar, veo en la tele la absurda noticia de que la unidad policial de la ciudad ya cuenta con medio millón de seguidores en Twitter, que si usan las redes sociales para mantener el contacto con la sociedad, cazar a los malos, etc… Y veo con los ojos muy abiertos el suculento pastel de la celebración… no es broma. En fin, creo que ya sobran las palabras. Qué locura de mundo…
Gracias.





